No obstante, pasó sin detenerse por delante de la puerta principal, y sin hacer señal alguna para que se abriese.

Era un gallardo y apuesto mancebo, cuya fisonomía alumbraba la luna pura y hermosa de aquella noche de mayo.

Llegó, por fin, a una pequeña poterna que abrió con una llave que sacó de su vesta, y entró cerrando tras sí y desapareciendo como una sombra.

Ya no volvió a oírse en la sierra otro rumor que el del ruiseñor, que trinaba sus acentos de amores; el canto dulce de la desvelada y solitaria alondra, y el arrullo de las tórtolas que anidaban en los huecos de las rocas.

El caballero subió la misma escalera por la cual había huido Aurelio con el niño Bermudo, y se encontró en la estancia misma donde se lo entregó la desgraciada Munia. Cruzola con paso firme y presuroso, pero recatado; atravesó otras tres, y llegó por fin a las habitaciones de la esposa de don Fruela.

Pero sus pies quedaron enclavados en el umbral de la cámara, y sus labios dejaron escapar un grito agudo y penetrante.

Aquel espacioso aposento estaba alumbrado por teas de resina: en el centro, y tendida en un lecho, dormía el sueño eterno de la muerte la reina de Asturias y Galicia, vestida con su blanca túnica, triste y hermosa como la imagen del amor postrero.

Arrodillada a sus pies, lloraba Adosinda, asemejándose por su actitud al ángel de las tumbas solitarias.

Al otro lado del lecho funerario permanecía inmóvil el viejo Antar, empuñando una hacha de armas y con el rostro sereno y bravío, pero profundamente pálido.

Aquella era toda la guardia de honor que custodiaba el cadáver de la esposa santa del rey don Fruela I.