Al grito que lanzó, al entrar, el caballero, volvió el semblante la princesa.

—¡Aurelio! —exclamó tendiendo hacia él sus manos unidas.

—¡Hermana! —gritó el príncipe lanzándose hacia ella—. ¿Quién ha causado la muerte de la reina?

—Don Fruela I —murmuró Antar en voz baja, pero con acento sombrío y profundo.

—¡No, no! ¡Dios ha sido! —exclamó entre sollozos la princesa.

—¡Al asesinar don Fruela al infante Bimarano, ha asesinado de dolor a la reina! —repitió el montañés con lúgubre voz.

—¡¡Muerto!!... —gritó desesperadamente Aurelio llevando sus dos manos al corazón—. ¡¡Muertos los dos!!...

Luego dio los tres pasos que le separaban de Antar, y exclamó:

—¿Dónde está Fruela?

—¡Ha huido a Cangas con la condesa de Ribadeo! —contestó el montañés con su acento fatídico y ronco.