Aurelio besó los yertos pies de la reina, y salió presuroso de la estancia; pero, al verle, hubiérase dicho que estaba ebrio: tanto era lo que hacía vacilar su paso la negra desesperación que se había apoderado de su alma de fuego.
X
LA ERMITA
A algunas leguas de Oviedo, y en medio de uno de los hermosos y extensos bosques que se extienden a enormes distancias de aquella alegre y feliz ciudad, había en el siglo VIII una ermita, no blanca y graciosa como las que se ven en nuestros días, sino vieja, triste y casi derruida: estaba consagrada a la Madre de Dios, y, a pesar de su austera sencillez, era un asilo para los pobres montañeses extraviados o acosados por la tormentas, porque su puerta se cerraba durante muy pocas horas, y esto, cuando la noche estaba ya muy avanzada.
Nadie se acordaba de la época en que se había construido la ermita: durante muchos años había permanecido cerrada, pero dos meses antes del día en que la doy a conocer a mis lectores, llegó a ella un anciano, cubierto con el tosco sayo de los montañeses de Asturias, y la abrió, encendiendo una lámpara de hierro ante su pobre y único altar, erigido a la hermosa y pura imagen de la Virgen María, a cuyos pies se veían dos jarros de madera con flores que perfumaban aquel sagrado recinto.
El anciano lavó la iglesia y la dejó brillante de limpieza. Aquel día la bendijo un sacerdote, y desde la misma noche la campana de la ermita llamó a la oración, con su clara y argentina voz, a los pastores del bosque.
Los buenos y honrados asturianos acudieron a aquel consolador llamamiento, como si fuese una emanación del cielo; y los pastores sintieron refrescadas sus frentes, que el ardor estival había calcinado durante todo el día: aquellos infelices olvidaron allí su hambre, su miseria y las vejaciones que les hacían sufrir los árabes que llegaban a sus costas en las galeras del poderoso califa de Córdoba; y desde entonces, todos los días, al toque de la campana, acudían presurosos a la ermita a rogar al cielo que consolase sus aflicciones.
Nunca, empero, veían al encargado de cuidar de la ermita: el anciano, propietario de ella sin oposición de nadie, salía de la iglesia para tocar la campana, y no volvía mientras permaneciese orando una sola persona; pero aquellas sencillas gentes creyeron semejante retraimiento hijo de algún voto, y pronto se olvidaron de él como se olvida el origen de un bien, si este es tan grande que sus efectos nada dejan que desear a nuestro egoísmo. ¡Tal es la ingratitud humana!
El anciano les franqueaba su iglesia limpia, fresca y perfumada, y ellos no pensaban en la mano bienhechora que abría a sus pobres almas aquella mansión de eterno consuelo.
Era la caída de una tarde calurosa de junio; los postreros rayos del sol doraban ya apenas las cumbres de los altos montes de Asturias, y las colinas, cubiertas de verdor, mostraban en sus faldas bosquecillos floridos y olorosos, regados por arroyos de diáfana plata.