El guardián de la ermita se encontraba entonces en la iglesia renovando las flores del altar, y animando la luz de la lámpara.
Cuando terminó su tarea, se cruzó de brazos y permaneció inmóvil y meditabundo.
—¡No! —murmuró en voz baja y como hablando consigo mismo—. ¡No! Es una imprudencia llevarle su hijo... un niño de diez años hablará... ¡Oh, no, no! ¡No quiero que la vea!
Calló el anciano y dobló sobre el pecho su cabeza, meditando de nuevo.
—Por otra parte —continuó—, ella me hizo darle palabra de que se lo llevaría... ¡Virgen de Covadonga! ¿Y cómo negárselo, si se muere... si su vida se extingue como esa lámpara cuando le falta mi cuidado?
—¡Oh! —exclamó el montañés alzando al cielo sus ojos, en los cuales se pintaba un fanático ardor—. ¡Oh, Dios de justicia! —prosiguió arrodillándose a los pies del altar—: ¡déjala vivir hasta que luzca el día de la venganza! ¡Conserva el aliento de esa infeliz mártir hasta que la semilla que yo deposite en el corazón de Aurelio dé por fruto la muerte del verdugo y de la infame manceba, origen de las desgracias de su santa esposa!...
Durante algunos instantes se agitaron los labios de aquel hombre en una oración ferviente: rogaba por la venganza del único ser que amaba, como hoy rogamos nosotros por la ventura de nuestros hijos y de nuestros padres.
—¡Sí! —dijo levantándose—; ¡sí, le llevaré su hijo, y esto quizá reanimará sus abatidas fuerzas!
Al acabar de pronunciar estas palabras, abrió la puerta de una pequeña estancia contigua al altar, y penetró en ella, dulcificada ya la expresión sombría de su semblante.