LA AGONÍA
Sentado en un arcón de roble, estaba un hermoso y robusto niño, que aparentaba doce años, aunque apenas contaba diez; sus formas gallardas eran enérgicas y desarrolladas; tenía la tez morena, los ojos negros, grandes y pensativos, la cabellera oscura, rizada y abundante, y la boca de expresión melancólica y severa.
Era el infante don Alfonso, que después reinó con el nombre de Alfonso el Casto, y de cuyo exterior nada más digo, porque trato de presentar de lleno su figura en otra historia, escrita ya en mi mente con bastante claridad.
La soledad que le rodeaba no parecía inquietarle en lo más mínimo: al ruido que hizo el anciano que ya conocemos al abrir la puerta, alzó sus grandes ojos y le miró tranquilamente.
—¿Cuándo veré a mi madre, Antar? —preguntó sin levantarse.
Y aunque su voz era serena y reposada, viose brillar una lágrima en sus largas pestañas.
—Cuando te plazca, señor —contestó el anciano inclinándose con el mismo respeto que si hablase a un monarca encanecido.
—Vamos ahora mismo —dijo don Alfonso poniéndose de pie con ademán resuelto.
—Antes de conducirte a la presencia de la reina, debo hacerte una advertencia, señor —observó Antar volviendo a inclinarse.
—Habla.