—El mundo entero cree muerta, desde hace un mes, a la reina de Asturias y de Galicia, y un voto sagrado la obliga a permanecer oculta para siempre a los ojos de todos los vivientes, como si ya morase en el sepulcro: prométeme, señor, no confiar a nadie el secreto de su existencia.
El niño salió a la iglesia, cuya puerta principal aún estaba cerrada para los buenos montañeses. Antar siguió a don Alfonso y se detuvo a su lado junto al altar.
Abrió el príncipe el libro de los Evangelios y puso sobre él su diestra blanca y hermosa, pero musculosa y fuerte como la mano de un guerrero.
—Juro —dijo con voz solemne—, juro no revelar, ni aun al rey mi padre, ni a la princesa mi hermana, el secreto de la existencia de la reina, mi madre y señora, que hoy se confía a mi lealtad de caballero. Empeño mi palabra de guardar este arcano hasta el sepulcro; y si a ella falto, que Dios me castigue en su justicia según de su agrado sea.
La voz del niño resonó clara y vibrante en las bóvedas del templo: cuando terminó la fórmula de su juramento, volvió a entrar majestuosa y acompasadamente en el aposento que pocos momentos antes abandonara.
Antar abrió otra pequeña puertecilla situada en un ángulo de la estancia, y mostró al infante una escalera mezquina, húmeda y oscura, pero por la cual, sin embargo, se lanzó el niño sin vacilar: al final de ella había un estrecho corredor tortuoso y sombrío, y en él otra escalera, que subieron igualmente, y que remataba en una puertecilla desvencijada y carcomida.
El anciano tocó suavemente a ella y a poco abrió una mujer, o más bien una sombra; al ver al infante, escapose de su pecho un grito de júbilo, pero inmenso, indescriptible: parecía que el corazón de aquella mujer, comprimido largo tiempo hacía, se dilataba al fin con una alegría santa e infinita.
La mujer que abrió era la reina Munia, o hablando con más propiedad, el espectro de aquella noble y hermosa reina, que hemos conocido en otro tiempo llena de vida y juventud.
Parecía más elevada su estatura a causa de la extrema demacración de su cuerpo; una túnica blanca la cubría del cuello a los pies; sus largos cabellos negros la envolvían como en un manto de terciopelo, pero sus prolongados rizos estaban matizados de muchas hebras de plata; sus grandes y oscuros ojos se habían hundido y apagado; sus labios, tan hermosos y encarnados en más remotos días, veíanse entonces blancos como las hojas de un jazmín arrebatadas por el viento; el matiz moreno y satinado de su tez había desaparecido para dar lugar a la palidez marmórea de un cadáver, y su paso era débil y su respiración entrecortada y penosa, como la de un ser consumido por la fiebre.
El grito que al ver a su hijo le arrancara la alegría, de que se inundó su alma, aniquiló todas sus fuerzas: no obstante, permaneció inclinada rodeando con sus descarnados brazos el cuello del niño, besando sus cabellos y su frente, y murmurando con voz ahogada estas breves palabras que parecían el eco de su corazón: