—¡Hijo mío!... ¡hijo mío!

El niño, de cuyos grandes y serenos ojos brotaron gruesas lágrimas, miraba a su madre con una ternura ávida e insaciable, y le devolvía sus caricias con amoroso delirio.

Dirigiose, por fin, la reina, sin soltar a su hijo, a una tarima de madera cubierta con un paño de sayal que le servía de cama; un gran crucifijo clavado en la pared, y debajo de él un reclinatorio y un libro de oraciones, componían todo el mueblaje de aquella reducida e ignorada celda, situada en el hueco de la torre.

—¿Dónde está tu hermana, hijo mío? —fue la primera pregunta que hizo la reina, pero con voz tan débil que apenas podía distinguirse.

—En Pravia con la infanta, madre mía.

—¡Oh! ¡Conque Adosinda no os ha abandonado!

—No se aparta de Jimena y de mí un solo instante, pero siempre está llorando.

—¡Dichosos los mortales que aún tienen lágrimas que verter! —murmuró la reina; y luego, alzando la voz, añadió con acento tembloroso:

—¿Y el rey, tu padre?

—Hace mucho tiempo que no lo he visto, madre mía: mas dícese que está en Cangas.