Un ahogado gemido desgarró el pecho de la pobre penitente.

—¿Y el infante Aurelio?

—Tampoco veo a mi tío.

La reina dobló la cabeza y permaneció largo rato sumergida en una meditación profunda.

—Oye el último consejo y el ruego postrero de tu infeliz madre, hijo mío —dijo al fin con una voz casi ininteligible—; óyelo, y vete con Antar, porque necesito estar sola con Dios. He querido verte para pedirte que ames y ampares siempre a tu hermana Jimena, y para encomendarte que huyas, mientras vivas, de todas las demás mujeres... ¡Oh, Alfonso mío! —prosiguió Munia—: ¡Una mujer ha perdido a la familia entera que cobijaba el dosel de Asturias y de Galicia!... ¡Una mujer ha empapado en sangre tu corona!... ¡Una mujer te ha dejado sin padres!... ¡Prométeme, pues, que huirás siempre de ellas!...

—¡Te lo prometo, madre y señora mía!

—Júrame que jamás abandonarás a tu hermana.

—En el nombre de Dios, lo juro.

—¡Gracias, hijo mío!... Ahora recibe mi bendición.

El niño se arrodilló a los pies de su madre, que le bendijo solemnemente; luego le abrió sus brazos y Alfonso se arrojó en ellos.