Pero de repente se aflojó el lazo que estos formaban; rompiose un instante después, vaciló la reina y fue a caer por último en su duro y pobre lecho de madera.
—¡Llévate al infante... Antar! —dijo Munia, cuya agonía empezaba; y luego añadió con acento imperioso y breve:
—¡Alfonso!... ¡jura a los pies de tu madre... ser un buen... rey de tus pueblos!...
—¡Lo juro!
—¡Gracias... hijo mío... y... adiós!
En seguida incorporose la reina por un último y poderoso esfuerzo, y estrechó a su hijo contra su pecho: sin duda que el niño comprendió con el instinto del corazón todo el valor de aquel abrazo postrero, porque, para separarlo de su madre fue necesario que Antar le tomase en sus brazos y le sacase fuera de aquella celda sombría.
—¿Qué tiene mi madre? —preguntó el infante al anciano, no bien estuvieron en la estancia contigua a la iglesia.
—Tu madre, señor, se ha condenado a una vida de penitencia y a una muerte de martirio por una culpa ajena —contestó Antar con voz solemne—; tu madre es la víctima expiatoria de las culpas de otra mujer. ¡Señor, señor! ¡Ruega a Dios por su alma!
Al decir estas palabras llegaban a la iglesia don Alfonso y Antar; el niño, pálido de emoción, dobló la frente y oró largo rato con una angustia visible solo a los ojos de Dios.
Luego se levantó, y el anciano se dirigió a la puerta de la ermita, la abrió, y dos escuderos, en cuyas vestas se veían las armas reales, rodearon al infante, mientras un tercero le aproximaba un poderoso caballo, que montó el niño con graciosa ligereza.