Entonces hizo este al montañés una leve y majestuosa señal de despedida, y sacando al trote su corcel, partió seguido de algunos soldados, sombrío y silencioso.

Aquella noche terrible no se borró jamás de la memoria de don Alfonso el Casto; fue tan fiel en cumplir el juramento que hizo a la reina, que jamás amó a mujer alguna, concentrando todo su cariño en el recuerdo de su moribunda madre.

El martirio de la reina de Asturias y de Galicia hizo un santo del hijo engendrado en su seno por un padre asesino.

Cuando el infante desapareció a los ojos de Antar, volvió este a la celdilla; la reina agonizaba ya, y el montañés aproximó a sus labios el crucifijo que pendía de la pared.

Incorporose un tanto Munia, y tomó las manos del anciano.

—¡Dios te bendiga... Antar... por el bien que... me has hecho!... —dijo con voz agonizante.

Luego imprimió sus labios en los pies del crucificado, y cayó exánime sobre la tarima, exhalando su último suspiro.

El montañés cerró piadosamente sus ojos: la cubrió con su manto blanco, y se arrodilló para besar sus plantas.

En seguida salió de la celda y agitó la campana que convocaba a los pastores, que no tardaron en llegar.

—¡Rogad, hermanos, por un alma que Dios acaba de llamar a sí! —dijo de súbito una voz en medio de ellos.