Un ardiente y fervoroso rezo se elevó de todos los ángulos de la iglesia, y sus ecos acompañaron a la morada celeste al alma santa de la reina mártir.
—Ahora —murmuró Antar—, solo hay en el mundo dos esperanzas para mí... ¡La venganza... y la muerte después!...
Y subiendo de nuevo a la celdilla, se arrodilló junto al cadáver de Munia, a cuyo lado pasó orando toda la noche.
XII
EL VENGADOR
A la hora misma en que la reina Munia exhalaba el último aliento, un hombre se apeaba de un brioso corcel a la puerta del castillo real de Cangas, y pedía que le permitiesen ver al rey don Fruela, que hacía un mes había fijado su residencia en este punto, acosado, según se afirmaba, de los remordimientos que le devoraban en Pravia, su corte, desde la muerte del rey su padre.
En efecto, no obstante el carácter fiero de don Fruela, era creíble este aserto, porque el castillo real de Pravia había sido testigo de dos muertes: la del infante Bimarano, asesinado a puñaladas por el mismo monarca, y la de la reina Munia, muerta de dolor por tan horroroso crimen.
Nadie, empero, sabía la dura penitencia con que por espacio de un mes aniquiló su vida aquella generosa reina, porque de su existencia, durante aquel corto plazo, solo el fiel Antar tenía noticia: su hijo la había visto en la agonía, pero el niño no había tenido tiempo de revelar este secreto, que, por otra parte, jamás salió de su corazón.
Los remordimientos que se atribuían a Fruela no debían ser, sin embargo, muy intensos, puesto que había llevado al castillo de su noble padre y de su santa madre a la mujer causa de todos sus crímenes.
Sancha de Ribadeo vivía con él, gozosa de que el destino, al arrebatar la vida a la reina, le hubiera ahorrado el crimen de quitársela por su propia mano, como lo hubiera hecho sin vacilar.