La bella condesa de Ribadeo era completamente feliz: amaba a Fruela, como las mujeres de su temple aman al hombre que las vence en crueldad y fiereza. Para esta clase de mujeres no hay más que una alternativa, dominar o ser dominadas; avasallar al hombre a quien se entregan o ser el can humilde que lame la mano que le castiga; insaciables en su amor, en su ambición, en todas sus pasiones, son reinas o esclavas, y jamás han tenido atractivo para ellas la dulce intimidad, la recíproca tolerancia de los corazones tiernos, del mismo modo que no tiene entrada en su corazón ninguna pasión noble y generosa.

A Sancha, pues, le había tocado la suerte de ser esclava: amaba al rey con todo el poder de su corazón de fuego y de su voluptuosa organización; le adoraba por su hermosura, por su valentía, por su fiereza; y aquella leona, indomable hasta entonces, se convirtió de súbito en un humilde corderillo desde que encontró a un tigre que le superaba en fuerza y en crueldad.

Cuando el caballero de que hemos hablado se apeó en la puerta del castillo real, una nube de escuderos y hombres de armas acudió a tomar las bridas del caballo, mientras uno de ellos corrió a avisar al rey de su llegada, trayendo después orden de conducirlo en seguida a su presencia.

El caballero se dirigió inmediatamente a la cámara real, a cuya puerta esperaba ya don Fruela.

—Bienvenido, Aurelio —dijo dándole su mano para que la besara.

Mas el infante, lejos de tomar aquella mano, retrocedió dos pasos, y en sus negros ojos brilló un sombrío resplandor.

—Vengo —dijo dominándose—, vengo, señor, a que me des hospitalidad por esta noche en tu castillo.

—Preparad una habitación para el infante —dijo el rey en alta voz dirigiéndose a sus condes.

Y luego, volviéndose a él, añadió:

—¿Dónde has estado que nada he sabido de ti? ¿Cómo vienes tan flaco y pálido?