En efecto, Aurelio parecía su sombra: el dolor que devoraba su corazón, desde la muerte de la única mujer a quien había amado y de su hermano querido, había tornado huraños y feroces sus ojos y amarga su sonrisa: una lívida palidez cubría sus facciones, y sus cabellos, tan hermosos en otro tiempo, estaban enmarañados y cubiertos de polvo.

—He estado recorriendo toda la Galicia para descansar de las fatigas de la guerra, señor —contestó con sordo acento—, y ahora vengo de Pravia, porque quería ver a mi hermana.

—¡Ah, vienes de Pravia! —exclamó el rey, cuyo corazón de padre saltó al recuerdo de sus hijos—. ¿Has visto a los infantes y a Adosinda?

—Acabo de verlos.

—¿Y mis hijos?... ¿se acuerdan de mí?

—Don Alfonso está peligrosamente enfermo; en cuanto a doña Jimena...

—¡Mi hijo enfermo! —exclamó don Fruela cortando la palabra a Aurelio, porque, no teniendo en su corazón otro sentimiento puro que el amor a sus hijos, se acogía a él con afán—. ¡Enfermo!... ¿Desde cuándo?...

—Desde hace muchos días.

—¡Un caballo, pronto! —gritó don Fruela que, al oír aquella nueva, se olvidó hasta de la condesa.

Un escudero le presentó un soberbio alazán, y el rey, montando presuroso, partió sin pensar siquiera en mandar a sus soldados que le siguiesen.