—¡Aurelio! —gritó el rey, que desde que había manchado sus manos en sangre, no había vuelto a pronunciar la palabra hermano—. ¡Aurelio, di a la condesa la causa de mi partida!
Y desapareció como un relámpago.
Entonces los escuderos iban a aprestarse para seguir a don Fruela, mas una voz del infante los detuvo, enclavándolos en sus sitios.
—¡Dejad solo al rey! —gritó con imperioso acento—. Siguiéndole os exponéis a su enojo.
Los soldados permanecieron inmóviles, y el infante se dirigió con precipitado paso a la cámara de la condesa.
La noche había cerrado clara, serena y estrellada: las ojivales ventanas, abiertas de par en par, daban libre entrada a los rayos de la luna, que amortiguaban la rojiza luz de las teas con que estaba alumbrado el aposento de Sancha.
La hermana del conde de Cangas, vestida de una amplia túnica de lino blanco y fino como la seda, estaba dormida; su cabellera, recogida en gruesas y apretadas trenzas, caía fuera del lecho, descansando sobre el pavimento; y su brazo derecho, desnudo y torneado, colgaba también abandonado sin que la postura alterase su marmórea blancura.
La pasión había hecho palidecer más todavía la blanca tez de la condesa: al verla se dudaba si corría sangre por sus anchas y azuladas venas, visibles, sobre todo, en su redonda y voluptuosa garganta: sus grandes ojos, guarnecidos de negra seda, estaban rodeados de un círculo oscuro que los hacía más hermosos.
Servíale de almohada su brazo izquierdo, y sus desnudos pies, blancos como el mármol de Paros, se cruzaban como los de una estatua dormida en una tumba.
Al ruido de los pasos del infante, entreabrió los ojos y los volvió a cerrar dulcemente sin haberle visto siquiera y creyendo que era el rey la persona que acababa de entrar.