Mas Aurelio la movió rudamente obligándola a que despertase.

—¡Qué es esto! —exclamó sentándose en el lecho y mirándole con furiosos ojos—. ¿Quién eres? ¿Qué intentas?

—¿No me conoces? —dijo el infante aproximándose más a ella.

—¡El infante! —murmuró la condesa temblando instintivamente.

—¡Sí, el infante vengador del que murió por ti, ramera infame! —guturó Aurelio, ronco de furor—. ¡El hombre a quien has arrebatado un hermano querido y la mujer en quien adoraba!...

—¡Yo no maté a la reina! —murmuró la condesa yerta de terror y adivinando quién era la mujer de cuya muerte la acusaba Aurelio.

—¡Tú la has muerto, haciendo asesino a su esposo! Pero —continuó el infante arrastrando fuera del lecho a la condesa—, pero ha sonado la hora de mi venganza, y si tú, por ser una débil mujer, te libras de ella, ¡has de presenciarla al menos!...

—¡Socorro! —quiso gritar la condesa; mas su voz fue ahogada por la diestra vengadora del infante.

—¡Calla, o mueres! —dijo blandiendo un puñal sobre su cabeza.

Y buscando una puertecilla oculta en los tapices, que encontró enseguida, salió por ella, llevándose a la aterrada joven.