Al final de una larga escalera, se hallaron en la campiña: entonces apresuró el paso Aurelio, arrastrando con mano fuerte a la condesa, cuyos pies destrozaban las piedras del camino.

Cualquiera que, en el silencio de aquella hermosa noche, hubiera visto a la luz de la luna correr a Aurelio, cubierto de relumbrante acero, y llevando por la mano a la blanca y pálida figura de la condesa, hubiera creído ver a Satanás que se llevaba a sus dominios a una alma condenada.

XIII

QUIEN A HIERRO MATA, A HIERRO MUERE

Durante una hora corrieron sin descanso la condesa y el infante; la desgraciada había perdido la voz y las fuerzas; ni un acento se escapaba de sus labios, ni una lágrima de sus ojos; cada instante más pálida, seguía corriendo, sin embargo, obedeciendo maquinalmente a aquella mano de hierro que la conducía, fuerte como la fatalidad, e implacable como el destino.

De súbito llegó a sus oídos, como los ecos de un sueño, el rumor de muchas voces, y luego todos aquellos acentos fueron dominados por uno solo, que la arrancó de su estupor: aquella voz poderosa resonó en su corazón, porque era la del rey.

—¡Villanos! —decía—, ¿conque os empeñáis en detenerme? ¡Viven los cielos que habéis de pagar cara tan infame traición!

—¡No tendrás tiempo para castigarla, execrable verdugo! —gritó el infante precipitándose con la condesa en un espeso bosque rodeado de soldados, y en el cual se encontraba don Fruela, desmontado ya y guardado por seis feroces montañeses que le amenazaban con los arcos preparados.

—¡Sancha! —exclamó el rey precipitándose hacia la condesa y olvidando a su vista todo lo demás.

—¡Sí! ¡Sancha, que viene a presenciar tu muerte, porque su mayor castigo será verte expirar a sus pies!