Al decir estas palabras, desenvainó el infante su puñal, y se arrojó sobre el rey. Sancha dio un grito penetrante y quiso cubrir a don Fruela con su cuerpo, mas este, empuñando su espada, la rechazó con fuerza.

—¡Fuera ese acero! —gritó el infante desarmando a su hermano con un vigoroso quite—: ¡el que asesina con puñal, a puñal debe morir!

Y antes de que Fruela pudiera desenvainar el suyo, le hundió el cuchillo en el pecho.[3]

[3] Este hecho es histórico y tan verídico como el asesinato del infante Bimarano por su hermano el rey Fruela I.

El rey cayó al suelo, lanzando un doloroso gemido; y Aurelio, menos cruel que lo había sido Fruela con el infeliz Bimarano, arrojó a lo lejos su puñal ensangrentado, no teniendo fortaleza bastante para herirle de nuevo.

Pero la herida era mortal: el acero fraticida había penetrado hasta el corazón del rey.

El infante, pálido y aterrado, fijó sus ojos extraviados en el cuerpo de su hermano, que yacía tendido a sus pies casi sin vida; vio a Sancha precipitarse sobre el rey, y oyó, aunque confusamente, los hondos y secos sollozos que desgarraban el pecho de aquella desgraciada.

—¡La sombra de Bimarano... me llama!... ¡Adiós, Sancha mía!... —murmuró el rey pasando su brazo en derredor del talle de la condesa—. ¡Aurelio!... ¡te perdono!... ¡Munia!... ¡Bimarano!... ¡perdonadme... vosotros... a mí!... ¡Piedad... para mis... hijos!

Y el rey de Asturias y de Galicia rindió el último aliento.

La condesa de Ribadeo sintió que el corazón que tenía bajo su mano dejaba de latir; acercó su boca a la boca entreabierta del rey, y no percibió ni el hálito más leve; entonces se puso en pie, rígida, desesperada, fatídica, delirante; lanzó un grito salvaje, y huyó perdiéndose entre la espesura del bosque.