Entretanto, los soldados acampados allí formaron un ancho círculo, dejando en medio a los condes y nobles del reino, convocados de antemano en aquel punto; el infante había empleado el tiempo que medió desde la muerte de Bimarano y de Munia en ganar para sí a los soldados y la nobleza, sublevándolos contra su hermano el tirano y asesino Fruela.

Poco trabajo le costara realizar su intento, porque nobles y pecheros lloraban sus honras holladas por el rey, oprobio de la dinastía de Pelayo, y para el cual no hubo jamás segura hacienda ni mujer, como aquella fuese rica y esta hermosa.

En tanto que la condesa corría desatinada por el bosque, sin que nadie se cuidase de contener su desesperación, dos nobles desnudaron a Fruela de su manto real y desciñeron la corona de su yerta frente, poniéndola en las sienes de Aurelio que, sombrío e inmóvil, se dejó envolver también en el manto; luego le colocaron sobre un arnés y alzándolo en hombros cuatro condes y tremolando los demás sus pendones, tomaron el camino de Cangas seguidos de todos los soldados.

Los mensajeros, que precedían a la comitiva, habían andado de prisa porque la ciudad estaba iluminada y las calles llenas de gente; el cortejo, a cuya cabeza iba Aurelio en hombros de sus condes, la atravesó con los pendones desplegados entre los gritos de la multitud, que aclamaba frenética al nuevo rey.

Al llegar al castillo real, los nobles agitaron los pendones y uno de ellos gritó con voz fuerte y sonora:

—¡Asturias! ¡Asturias! ¡Asturias por el rey don Aurelio!

—¡Asturias por el rey don Aurelio! —contestó la muchedumbre en un inmenso grito de júbilo.

Y el nuevo rey olvidó con la algazara el espanto de su crimen, y con los ojos radiantes de alegría saltó del arnés y entró en el real castillo seguido de sus condes y soldados.

XIV

LA LOCA