Trascurridos seis días, salió el rey con toda su corte para Pravia, donde iba a fijar su residencia.
Apenas hubo llegado, llamó a su hermana Adosinda y la intimó su voluntad de desposarla con Silo, el más poderoso de sus condes y anciano honrado y venerable.
La desdichada joven, que se ahogaba en aquella atmósfera impregnada de crímenes y sangre, aceptó la alianza que su hermano le propuso, con un profundo reconocimiento hacia Silo, pidiendo solamente la gracia de llevarse a los infantes hijos de Fruela a Viseo, donde iba a vivir con su esposo.
Accedió a esta súplica el rey Aurelio, y Adosinda se desposó y salió en seguida de Pravia en compañía de su esposo y sus sobrinos.
Aquella princesa fue dichosa al lado del venerable Silo, y cuando a la muerte de Aurelio ocuparon el trono de Galicia, los montañeses creyéronse regidos por la virtud y la inocencia, simbolizadas en el anciano rey y en la hermosa y angélica reina.
El reinado de Aurelio fue corto y azaroso: solo reinó seis años, y estos devorado de remordimientos; cada noche veía en sueños la imagen santa de Munia que iba a pedirle cuenta de la sangre de su esposo y del trono que ocupaba en perjuicio de su hijo Alfonso.
Siempre que salía a caza, se le aparecía delante una mujer descarnada, pálida y desencajada, cuyas formas cubría apenas una andrajosa túnica blanca. En vano Aurelio quería huir al verla; la visión le perseguía corriendo y gritando entre insensatas carcajadas:
—¡Tu corona es de sangre!... ¡¡Tu corona es de sangre!!...
Aquella mujer era la condesa de Ribadeo, que vagaba loca, furiosa y errante por los montes de Asturias desde la muerte de Fruela I.
El mismo día en que llegaron Adosinda y Silo a su castillo de Viseo, una lucida comitiva de nobles, escoltada por cincuenta montañeses, llegaba también al monasterio de Jesús, con una orden de la princesa Adosinda, para recoger al infante don Bermudo, hijo de Bimarano y Sancha, y depositado por Aurelio en aquel santo asilo.