Bermudo creció al lado de Alfonso el Casto y de Jimena, y este trato íntimo ligó a los tres infantes con un profundo y tierno cariño.

Sabido es que el infante don Bermudo, después de ser ordenado de diácono y abad del monasterio de San Salvador de Pravia, dividió con don Alfonso II, el Casto, el trono de Asturias y Galicia.

El conde Eurico fue desterrado a Oviedo, y llegó a su destino dos días después de tomar el rey Aurelio posesión de su castillo de Pravia; pero, al atravesar un frondoso bosque que se extiende a espaldas de la ciudad, se detuvo su caballo espantado ante una forma blanca: era de noche y el conde se vio forzado a apearse para reconocerla; mas sus labios lanzaron un grito de dolor al ver que tenía a sus pies el cadáver de su hermana.

La desdichada había lanzado el último suspiro con la cabeza apoyada en una cruz que señalaba una sepultura recién abierta.

¡La justicia de Dios la había llevado a morir a la tumba de Munia, uniendo así, con el sueño de la muerte, a la víctima y al verdugo!...

Aquella tarde no oyeron los pastores la campana de la ermita; pero, arrastrados por la costumbre, acudieron a ella sin embargo; encontráronla cerrada y tendido delante de la puerta vieron el cadáver del anciano montañés que la guardaba, el cual, después de la muerte de la reina y viendo cumplida su venganza con el asesinato del rey don Fruela, se había dejado morir de hambre, como el perro fiel que ha perdido a su amo.

LA DIADEMA DE PERLAS


PARTE PRIMERA

LOS BASTARDOS DE ALONSO ONCENO