La familia del hombre no dura más que un día: el soplo de Dios la dispersa como el humo; apenas conoce el hijo al padre, el hermano a la hermana. La encina ve germinar sus bellotas en torno suyo: ¡no sucede así con los hijos de los hombres!
(Chateaubriand, Renato.)
I
Acababa de ser jurado rey Enrique II, después de haber clavado su daga en el pecho de su hermano don Pedro en los campos de Montiel.
La antiquísima ciudad de Burgos parecía rejuvenecida con las fiestas reales: era el día postrero que pasaba el rey bajo sus muros, pues marchaba a Sevilla, con el objeto de convocar cortes.
El monarca había oído misa aquella mañana en la suntuosa catedral, y los buenos castellanos habían acudido en tropel de los pueblos inmediatos para verle por la última vez.
Pero Enrique no salía: sin duda que el intenso frío de aquella tarde de invierno no le dejaba gana de acceder a los deseos de su pueblo. Las puertas del alcázar, guardadas por los soldados del rey, eran inaccesibles a todos, y los curiosos tenían que contentarse con ver pasear a los pajes y escuderos en el ancho patio, y con oír resonar sus espuelas en el enlosado pavimento.
Sin embargo, todos los contemplaban, a falta de otra cosa mejor, y aquellas buenas gentes admiraban las bordadas ropillas y las gorras adornadas de plumas de los unos, y las brillantes armaduras de los otros.
Mas, a pesar de la avidez con que la muchedumbre miraba el patio del alcázar, nadie vio cruzar a un hombre envuelto en un ancho manto, y cuya cabeza estaba cubierta por una holgada toca de terciopelo; bien es verdad que lo atravesó con tanta rapidez que se asemejaba mejor a una sombra que a un ser viviente.
Aquel hombre abrió una puertecilla situada cerca de la escalera principal y salió a la calle, encontrándose en la cuesta de Santa María, que empezó a subir precipitadamente, cubriéndose el rostro con el embozo cuanto le fue posible.