Nevaba a la sazón furiosamente: bien pronto el manto del caballero —pues sin duda lo era a juzgar por su apostura— se vio enteramente calado, sin que por esta circunstancia se detuviera ni retrocediese en su camino.

Llegó por fin a la calle de Fernán-González, una de las más solitarias de la antigua ciudad; aún hoy existe el arco que la terminaba en aquella época, y aún lleva hoy también el nombre del valeroso conde castellano.

El hombre del manto se paró delante de una casita de pobre apariencia, y llamó suavemente: pocos momentos después se oyeron pasos, abriose la puerta, y una joven, vestida de negro, se arrojó en los brazos del desconocido.

—¡Gracias a Dios que te veo, Florestán! —exclamó con voz dulce y vibrante de ternura—. ¿Cómo has tardado tanto hoy? —continuó sin deshacer el amante lazo que formaban sus brazos al derredor del cuello del caballero—: mi madre quería llevarme a la plaza para ver a S. A. por la última vez, mas yo he preferido quedarme, porque el corazón me decía que vendrías... pero, ¡Dios mío!, ¡vienes calado! Vamos, vamos arriba.

Y la joven separó sus brazos del cuello de su amante, y le tomó la mano haciéndole subir en pos de ella.

Al llegar a la puerta de la habitación, Florestán deshizo el embozo de su manto, le arrojó sobre una silla y se sentó con aire meditabundo y melancólico; la hermosa niña permaneció en pie a su lado contemplándole con amor.

Aquel aposento manifestaba suma pobreza: algunos viejos sitiales de anticuada forma, una mesa dorada, enmohecida por el tiempo, y algunos deteriorados cuadros con estampas de la Virgen componían todo su ajuar; una estrecha ventana apenas dejaba pasar la luz por sus vidrios de colores, y la nieve, que seguía cayendo a grandes copos, había extendido un velo en la atmósfera que hacía más densa la oscuridad de aquella habitación; pero, si mísero y triste era su aspecto, nada había comparable a la belleza de las dos personas que a la sazón la ocupaban.

Tendría la joven de dieciocho a veinte años; su tez, de una pureza deslumbradora, era blanca y mate como el nácar; dos gruesas trenzas de cabellos negros nacían en sus cándidas sienes y bajaban hasta su rodilla; la hermosura de sus negros ojos era admirable, y el delicioso carmín de su pequeña boca la hacía asemejarse a una flor de húmedo y brillante coral; tenía pobladas y sedosas cejas negras, riquísimas y rizadas pestañas, y nariz pequeña y delicada; era pálida, y en su blanca tez parecían aún más deslumbradores los reflejos de azabache de su sedosa cabellera.

Vestía de negro, y su traje humilde era el de las jóvenes villanas de Castilla: una ancha basquiña de lana negra dejaba ver sus piececitos, calzados con zapatos de cordobán negro, semicubiertos con un ancho lazo de cinta, y un corpiño de terciopelo negro también, con largas haldillas, marcaba maravillosamente su esbelto y flexible talle; desde el escote del corpiño salía una camiseta de batista, plegada, que terminaba en un estrecho cuellecito bordado de lana negra, lo mismo que las blancas mangas que salían de sus angostas hombreras y que no llegaban a ocultar la hermosura de sus brazos.

Llevaba en el cuello una cruz de oro pequeña, pendiente de una estrecha cinta de terciopelo.