Aquella joven tenía cierta apariencia de dulzura y debilidad que encantaba: eran tristes sus hermosos ojos, triste también la expresión de su pequeña boca, cuya sonrisa debía ser bien melancólica.

Su compañero aparentaba unos treinta y cuatro años: su talla, aunque mediana, era gallarda y bien proporcionada; sus ojos pardos, grandes y rasgados retrataban la altivez y la pasión; bajaban sus cabellos castaños en luengos rizos hasta tocar sus hombros, y sus largos bigotes se ensortijaban en sus mejillas.

Tenía la boca de corte gracioso, pero severa y desdeñosa; su ancha y elevada frente pintaba bien la arrogancia de su carácter y una natural costumbre de mandar.

Vestía una modesta ropilla gris, y una toca sin pluma, que dejó con el manto antes de sentarse.

—¿Qué tienes, Florestán...? —preguntó la joven apoyándose cariñosamente en su hombro—. ¿Por qué estás tan triste hoy?

—Porque me veo obligado a separarme de ti, Berenguela —contestó él con voz alterada y atrayendo hacia sí a la joven, al mismo tiempo que ella juntaba las manos con expresión de profundo terror.

—¡Separarte de... mí! —repitió como asombrada—... ¿Qué es lo que has dicho, Florestán?

—La verdad: no he tenido hasta hoy valor bastante para declarártelo, pero ya es forzoso, porque... debo partir mañana.

—¡¡Mañana...!!

—Este grito se escapó de los labios de la doncella, a la vez que caía en un sitial, pálida y desfallecida.