—¡Berenguela, Berenguela mía! ¡Ten piedad de mí! —exclamó el caballero cogiendo las manos de la infeliz joven—. ¡Tu dolor me mata! ¡Ah! ¿Por qué no me es dado morir contigo?

Florestán inclinó la frente apoyándola en la blanca diestra de la joven; su respiración anhelante hacía levantar su pecho, y parecía quebrantado por un profundo dolor.

—Óyeme —dijo al cabo de algunos instantes—, óyeme, Berenguela: mi honor, mi deber, mi conciencia me mandan salir mañana de Burgos con la comitiva de S. A. Tú sabes que soy noble, y ya te he dicho muchas veces que jamás he faltado a ninguno de los deberes que mi condición me impone. Pero lo que no te he dicho nunca es que la voz del amor que te tengo es más fuerte en mí que la de todas esas consideraciones: habla, pues, Berenguela mía. ¿Quieres que nunca me separe de tu lado? ¿Quieres que me quede? Habla, y yo te obedeceré ciegamente.

—¡Tu honor... tu conciencia... tu deber! —repitió la joven con voz lenta y triste—. Parte, Florestán... —prosiguió haciendo un sublime esfuerzo—, parte...

Y luego, arrojándose en los brazos del caballero, que la contemplaba con amargo abatimiento, añadió:

—¡Pero no me olvides jamás!

Durante algunos instantes, latieron juntos aquellos dos corazones; la joven fue la primera que levantó la frente, en la cual se veía pintada una adorable resignación: más fuerte que su amante, quería alentar a este en la dolorosa lucha que sostenía.

Entonces sacó Florestán de su limosnera una preciosa cajita de marfil, y la abrió tomando de ella una estrecha diadema de perlas de incalculable valor por su tamaño y su pureza, que se cerraba en medio por un joyel de riquísimos diamantes.

—Guarda, amor mío, este recuerdo de nuestro cariño —dijo a Berenguela, colocando la diadema en su hermosa frente—: mi madre la llevaba cuando murió cobardemente asesinada, y su mano moribunda la puso en la mía como un postrer don del amor que me profesaba. Es la prenda más cara que puedo darte: ¿me prometes llevarla siempre, Berenguela?

—¡Siempre! Te lo juro.