—Adiós, pues: si alguna vez necesitas del rey de Castilla, preséntate a las puertas de su alcázar con esa joya, y conseguirás llegar hasta él; pero tú solamente, ¿lo oyes?

La desdichada no dio muestras de oír estas palabras.

Había vuelto a echar sus brazos al cuello de Florestán, y parecía absorber en sus ojos la luz melancólica de la mirada de su amante.

—¿Volverás, Florestán? —preguntó en baja y trémula voz.

—¡No lo sé! —contestó él desviando sus ojos del semblante de la pobre niña—; ¡no lo sé, Berenguela! Pero te juro que, si no vuelvo, te enviaré a buscar para que vengas a mi lado.

Al pronunciar estas palabras, recogió el manto y la toca, y se lanzó a la calle arrancándose de los brazos de la joven, que cayó desvanecida en su asiento.

II

Un año después de estos sucesos, hallábanse dos personas en la mísera estancia en que tuvo lugar la despedida de Berenguela y Florestán. Era la una un caballero como de cincuenta años de edad, de frente calva, ojos grandes y brillantes, y fisonomía pálida; denotaban bondad sus abultados labios, y su sonrisa era a la par noble e inteligente; vestía un riquísimo traje de terciopelo negro, bordado de oro, y pendía de su cuello una gruesa cadena del mismo metal. Aún conservaba puesta su toca, adornada de una larga pluma blanca.

La otra era una anciana de vulgar e impasible fisonomía: su humilde traje, no menos que su postura respetuosa, decían bien claro que era muy inferior en condición a su compañero.

—¿Conque decís, señora Urraca, que tanto ama a la niña don García? —preguntó el caballero a la anciana, que permanecía en pie delante de él.