—Tanto, señor, que desde que empezó a requerirla de amores ese otro hombre, a quien Dios confunda, y ella, prendada de él, declaró a don García que solo le amaba como una hermana, se le ve decaer de día en día.

—Y Berenguela, ¿qué dice, al verlo?

—Nada: desde que partió su amante vive abismada en tan profundo dolor, que nada advierte de lo que pasa en torno suyo; solo algunas veces, al ver a don García, que la contempla con aire abatido, le toma la mano, se sonríe tristemente, y dice con monótono acento: «¡Consolaos, don García! Dios se apiadará de nosotros.»

—¿Y sabéis, señora Urraca, qué es ese don García?

—No sé más que lo que él me ha dicho: que es hijo de un hidalgo del vecino pueblo de Lerma, y que ha peleado en los tercios de don Enrique; ha un año entró en esta casa, cuando las tropas del maldito rey, que Dios castigue, asolaban el país, para curar una herida de un compañero suyo; vio a Berenguela, y ya no quiso abandonarla, pues aunque reside en Lerma, viene aquí con frecuencia para verla.

—¿Y del otro amante sabéis?...

—De ese sí que no sé una palabra.

—¡Dos amantes incógnitos! —murmuró el caballero en voz baja; pero, añadió alzándola—: ¿cómo no habéis tratado de apurar quiénes son esos hombres que aman a vuestra hija?

—¡Mi hija! —repitió la señora Urraca—. ¿Acaso lo es? ¿No sabéis tan bien como yo que hace dieciséis años encontré a una niña, que apenas contaba dos, a la puerta de mi casa en la ciudad de León, donde yo habitaba entonces? ¿No os he dicho ya que hallé atado a su cuello con un cordoncito de seda negro, un pergamino rollado, en que me daban instrucciones, y a su lado un bolsillo lleno de oro?

—Sí, me habéis hablado de ese pergamino... Y a propósito, ¿tenéis a bien enseñármelo ahora?