Levantose la anciana y fue a sacar de un armario, incrustado en la pared, un pequeño pergamino enrollado que presentó al caballero.

—Tomad —dijo—. Es el mismo que Berenguela llevaba al cuello.

Desdoblolo él, y se puso a leer: poco a poco su fisonomía se fue animando; y un hondo pliegue se formó entre sus cejas pobladas y negras aún como el ébano; después, sin saber quizás lo que hacía, volvió a leer en voz alta casi todo el contenido del pergamino, en tanto que la señora Urraca le escuchaba con la mayor atención.

«Esta niña —decía el escrito— es hija de padres nobles y poderosos; cuidadla, buena mujer, y el cielo os recompensará en este mundo y en el otro.

»No le digáis jamás que no es hija vuestra, y el día en que un caballero se presente a reclamarla con un pergamino igual a este, entregadla sin demora.»

Al acabar la lectura, plegó el anciano el pergamino con aire triste y meditabundo.

—¿Cuánto os daban cada año por cuidar de esa desdichada niña? —preguntó tras un breve silencio.

—Trescientos doblones, es decir, una suma igual a la que encontré en el bolsillo.

El caballero devolvió el pergamino a la anciana, e iba a hablar cuando esta, que estaba en pie junto a la ventana, hizo un brusco movimiento.

—¡Ya viene! —dijo señalando con la punta de su descarnado dedo a la calle—. ¡Miradla, señor, qué abatida está!

—¿Qué es eso que lleva en la frente? —preguntó el anciano indicando la magnífica diadema de perlas que ceñía los negros cabellos de Berenguela.