—Eso es un dije que le regaló su amante al partir, y que ella no ha querido quitarse ni un instante.

—¡Ah!... —murmuró el caballero, que miraba a la joven con desencajados ojos.

Largo tiempo la siguió con su sombría mirada: cuando Berenguela entró en la casa, quedó inmóvil, como esperando verla aparecer.

Entró, por fin, en la habitación, y sin mirar a las personas que estaban en ella, fue lentamente a sentarse en un banco de madera; después cruzó las manos y dobló tristemente la cabeza, en tanto que el caballero seguía contemplándola absorto.

Excusa tenía su distracción. Berenguela presentaba la imagen fiel del ángel de los sepulcros: sus grandes ojos inclinados, su pálida frente, sus largos cabellos negros, brillantes como el plumaje que viste las alas del cuervo, y sus blancas manos cruzadas, le daban un aspecto sublime y desgarrador.

Largo rato permaneció inmóvil y muda; luego levantó los ojos, pasó por la frente su abrasada mano, y articuló débilmente estas palabras:

—¿Ha venido, madre mía?

—¿Quién? —preguntó la señora Urraca.

—Él... Florestán.

La anciana se encogió de hombros con aire estúpido, sin comprender siquiera aquel inmenso dolor.