—¿Habéis dicho que no, madre mía? ¿No es verdad? —tornó a preguntar la desdichada.

—No he visto más que al señor caballero.

Berenguela levantó la cabeza; miró con afán al anciano y se aproximó a él lentamente: cuando llegó enfrente de él, puso las manos en sus hombros y clavó sus grandes ojos en su semblante.

—No... no eres tú el que yo espero —dijo con el tono de voz lento y triste que le era habitual—; no eres tú... pero ¿le has visto?, ¿sabes dónde está?

De súbito brilló en sus ojos un rayo de alegría, batió las palmas gozosa, y sus facciones se animaron con una radiosa expresión de ventura.

—¡Ah! gritó; ya sé a qué vienes... sí... sí... ya lo sé... a buscarme de parte de Florestán; porque él me lo dijo... «Te juro que si no vuelvo, te enviaré a buscar...» Eso... eso me dijo... ¡Oh, con cuánta alegría veo ahora que me cumple su promesa!

Al acabar de pronunciar estas palabras, se dirigió apresuradamente a un pequeño cuarto que le servía de dormitorio, y salió envuelta en un amplio manto negro.

—¡Vamos, vamos por Dios! —exclamó con ansia indescriptible—. ¡Llévame pronto con él, que me estará esperando con impaciencia!

—No seas loca, muchacha —dijo la señora Urraca ásperamente—. A donde tú vas es a acostarte, porque hoy te devora la calentura, y no pienses mañana, ni nunca ya más, en salir al campo; los ardores del sol te trastornan el cerebro.

—¡Iba a esperarle..., madre! —dijo la pobre joven con desgarradora tristeza, pero con dulcísima voz, en tanto que la despiadada vieja le desprendía bruscamente los pliegues del manto.