Luego cruzó las manos, mirando dolorosamente al anciano, y se dejó caer en el banco murmurando al verle salir:
—¡Se va sin mí!
La señora Urraca le acompañó, y Berenguela, doblando la frente, quedó inmóvil y abismada de dolor.
III
Algunas horas más tarde se encontraba don Álvaro Garcés, conde de Carrión, en una suntuosa estancia de su palacio de Burgos, en compañía de un joven de hermosa presencia y lujosamente vestido.
Tenía este veintidós años, a lo sumo: su fisonomía era melancólica y apasionada; sus rasgados ojos, negros como sus cabellos, armonizaban con su tez muy morena; era de estatura elevada y de talle esbelto, y lleno de gentileza.
Su traje estaba ricamente bordado de oro; llevaba una espada cuyo puño resplandecía de pedrería, y su toca, que se veía sobre la mesa, estaba adornada de una hermosa pluma.
Ambos ocupaban dos sillones iguales, dorados y de alto respaldo: junto al joven se veía una mesa cubierta con un tapete bordado de oro, en la cual apoyaba su brazo izquierdo.
Iluminaba la estancia una lámpara de plata, pendiente de tres cadenas del mismo metal; ambos caballeros parecían absortos en una profunda meditación, porque guardaban silencio: las fisonomías de los dos retrataban un intenso pesar.
—¿Conque eres tú, Fernando, el rendido y desdeñado adorador de esa joven? —dijo don Álvaro, después de mirar por largo rato la inclinada frente de su hijo—. ¿Eres tú el que se finge llamarse don García y ser hijo de un hidalgo de Lerma?