—¡Oh, perdón, padre mío, perdón! —exclamó el joven cruzando sus manos con ademán de súplica—. ¡La amo tanto, y hace ya tanto tiempo! Cuando vine aquí hace un año, acompañando a don Enrique, entramos en su casa, para que el infante restañase la sangre que corría de sus heridas, recibidas en el último encuentro con las tropas de don Pedro; nada advirtió a Berenguela que era el hermano del rey, el hombre a quien ella vendaba la cabeza, ni pudo conocer la condición de las personas que la acompañaban; nos creyó soldados de los tercios de don Enrique y nada más; además, su anciana madre se hallaba ausente de su casa, y, viviendo sola con ella, nadie podía reconocernos.

Una triste sonrisa plegó por un momento los labios de don Álvaro, mas su hijo, sin apercibirse de ello, continuó:

—Desde aquel día, la imagen de Berenguela no se apartó un instante de mi pensamiento, y cuando, ya coronado rey don Enrique en esta ciudad, os decidisteis a fijaros en ella para descansar de las fatigas de la guerra, pedí su venia a S. A. para venir a pasar algún tiempo en vuestra compañía y restablecer mi salud, más quebrantada por el amor que me consumía que por la sangre perdida en los combates.

Detúvose aquí Fernando, porque era llegado el instante de revelar a su padre el ardid que había usado para encubrir su nombre y el sitio de su residencia; cubriose su frente de encendido rubor, y bajó los ojos enteramente falto de aliento.

Mas aunque su confusión fue harto visible a los perspicaces ojos del anciano, guardó este un severo silencio, dejándole apurar toda la amargura de su primera mentira.

—Cuando llegué a Burgos —continuó el joven tras de un largo y angustioso silencio—, mi principal cuidado, no bien os abracé, fue ir a ver a Berenguela. Díjele, ¡perdón, padre mío!, díjele que me llamaba don García, que era hijo de un hidalgo de Lerma, y que acababa de retirarme a descansar a mi casa durante las treguas que abría la guerra.

Berenguela me escuchó con su sonrisa de ángel; mas ni una chispa de la pasión que ardía en mi corazón vi reflejarse en sus ojos; dulce y tranquilamente me oyó, y cuando le rogué que diese alguna esperanza a mi amor, me contestó fijando en mi semblante su apacible mirada:

—Don García, amo a otro, y solo puedo ya corresponder a vuestro amor con el cariño de una hermana.

Una súbita expresión de alegría iluminó las abatidas facciones de don Álvaro, pero se desvaneció con la misma rapidez con que había aparecido.

—Nada más he podido lograr —prosiguió Fernando con amarga tristeza—; hace algún tiempo que se abatió mucho más, y que su salud se alteró visiblemente; después, una dolorosa enajenación mental la preocupaba de continuo, y últimamente he creído columbrar que su razón está herida, y que la demencia clava sus garras de fuego en las sienes de Berenguela.