Un ahogado sollozo cortó al joven la palabra y ocultó el rostro entre sus manos. Don Álvaro pasó las suyas por su abatida frente, y alzó al cielo los ojos como demandándole valor.
—Olvida a esa joven, Fernando —dijo tras un largo silencio—; olvídala, porque jamás podrá ser tuya.
—¡Olvidarla! —gritó el joven saltando en su asiento, como si un dardo le hubiese herido—. ¡Olvidarla, padre! Arrancadme el corazón con vuestra propia mano, si queréis que yo olvide a Berenguela.
—¿Prefieres que vuelva a encerrarte en el castillo de Carmona, de donde te saqué para que pelearas en los tercios de don Enrique?
—Nunca os he pedido cuenta de la prisión en que he pasado la aurora de mi vida, padre mío: volvédmela a abrir; sepultad de nuevo en ella mi infeliz juventud, ¡y Dios os bendiga, si así me aceleráis la muerte!
—¡Conque tanto la amas! —exclamó con amargura don Álvaro—. ¿Conque ni mis ruegos podrán hacer que la olvides?
—Nada podrá hacer que yo deje de amarla, y de consagrarle mi vida.
—¡Matadme, pues, señor —gritó don Álvaro, arrojándose a los pies del joven, y descubriendo su noble pecho lleno de cicatrices—. Vos no sois mi hijo, como yo os hice creer; sois don Sancho, el anteúltimo hijo del rey Alonso onceno y de doña Leonor de Guzmán, y esa joven es la infanta doña Berenguela, postrer fruto de aquellos desgraciados amores! ¡Matadme, señor —repitió el anciano doblando hasta el suelo su calva frente—, porque solo hundiendo en mi pecho vuestra espada, conseguiréis acercaros a ella!
Calló don Álvaro, y un profundo silencio siguió a su terrible revelación: cuando se atrevió a levantar los ojos, vio a don Sancho, inmóvil delante de él, lívido, erizado el cabello y cubierta la frente de helado sudor. No de otro modo debió aparecerse a Hamlet la sombra de su padre en su palacio de Dinamarca.
Cuando las miradas de aquellos dos hombres se encontraron, los ojos del infante perdieron algo de su horrible fijeza; llevó al pecho ambas manos, y dejó escapar un gemido desgarrador.