—¿Quién es entonces... el otro amante de... mi... her... mana? —articuló con voz honda y lúgubre.

Estremeciose el anciano conde, que aún permanecía arrodillado; inclinó la cabeza, y contestó con voz temblorosa:

—¡Enrique II, rey de Castilla y de León!

IV

Un ahogado grito del infante apagó el eco de estas últimas palabras. Don Álvaro seguía postrado delante del joven, que se dejó caer casi exánime en su asiento.

—Levántate —dijo al fin rompiendo el penoso silencio que hacía tiempo reinaba—; levántate, conde, y explícame el hondo misterio que ha envuelto hasta hoy mi nacimiento y el de esa infortunada.

La actitud y el acento de don Sancho, al pronunciar estas palabras, nada tenían de semejantes con los del joven Fernando, que pocos momentos antes era el hijo amante y sumiso de don Álvaro. Con la mano apoyada en la mejilla, y el codo en la mesa, se preparó a escuchar las palabras del anciano: un rayo de augusta majestad iluminó sus dulces ojos, irguió la frente, y la sangre de los reyes de Castilla se animó en sus venas, dando a toda su figura un carácter de imponente grandeza, que nunca había obtenido.

El conde, obedeciendo el mandato de don Sancho, se puso de pie y permaneció inmóvil y confundido.

—Habla —repitió el infante—: dime por qué he ignorado yo hasta este momento que era hijo de Alonso onceno, y por qué lo ignoraba también Berenguela.

—¡Ah, señor! —exclamó el anciano—. ¡Señor mío, perdón! Solo el expreso mandato de vuestro padre ha podido obligarme a guardar silencio; solo el juramento que le hice ha podido sellarme los labios.