—¿Mi padre te encargó que nos ocultases nuestro nacimiento?

—Sí, señor; cuando vuestra madre os dio a luz, ya vuestros hermanos y ella eran terriblemente perseguidos por el odio de la reina doña María, legítima esposa de vuestro padre. Ya no sabían los que os dieron el ser dónde ocultaros. En tal angustia, el rey acudió a mí pidiéndome, con el mayor encarecimiento, que os hiciese criar secretamente y pasar por hijo mío. «Leonor —me dijo— morirá si le matan sus hijos: yo salvaré a los otros; pero tú, Álvaro, tú, sálvame este.»

Bien sabía el rey que nada podía conmover mi corazón como estas palabras: «Salva este hijo a Leonor, porque si no, va a morir.» Para él no era un misterio la pasión que yo profesaba a vuestra madre, y que me mataba lentamente.

—¿Tú has amado a mi madre?

—La amé, señor, desde que mis ojos vieron la primera luz: deudo su padre del mío, y unidos por la más sincera y entrañable amistad, juntos nos criamos y crecimos; mi madre nos abrigó a un tiempo en su regazo, y la misma cuna nos meció; juntos corrimos por los floridos pensiles de Sevilla, y el primer latido de mi corazón fue de amor para aquella hermosa niña, que solo me profesaba el tranquilo cariño de una hermana.

»Quince años tenía Leonor cuando se casó con un poderoso hidalgo: desesperado yo, me vestí la coraza y marché a buscar la muerte en las batallas; pero la muerte huye siempre del que la busca, y yo no pude encontrarla.

»Algunos años después, llamó la atención de Alonso XI la fama de mis hechos de armas y me hizo capitán de su guardia. Juzgad cuál quedaría cuando hallándonos en Córdoba, corte a la sazón de los monarcas de Castilla, me mandó una noche acompañarle a una hora muy avanzada: envueltos en nuestros mantos, y caminando con gran sigilo, cruzamos muchas calles, deteniéndonos al fin en la puerta de una hermosa casa; abrió el rey con una llave que sacó de su limosnera, y penetramos en ella.

»Una dueña nos esperaba: después de atravesar varios aposentos ricamente adornados, nos encontramos en una estancia amueblada con regia suntuosidad. Recostada en un sitial, había una joven que, por lo esbelto de su figura y delicado de sus formas, no podía pasar de los dieciocho años; estaba vuelta de espaldas a la puerta, y tenía puesto un riquísimo brial de terciopelo azul, bordado de perlas, cuya larga cola se extendía como una alfombra en derredor de su sillón dorado; no tenía en la cabeza otro adorno que los largos rizos de sus cabellos castaños, que besaban lascivos el cuadrado escote de su traje: al ruido que hicimos al entrar, volvió la cabeza, y sus grandes ojos negri-azules brillaron de contento.

»—¡Don Alonso!... ¡Álvaro!... —exclamó corriendo hacia nosotros: pero estos dos gritos tuvieron en sus labios distinta entonación; el primero revelaba pasión inmensa; el segundo la alegre sorpresa de la hermana que ve a su hermano tras una larga ausencia.

»—¿Conoces al conde de Carrión, Leonor? —preguntó el rey admirado.