»—¡Que si le conozco, señor! —exclamó ella—. ¡Que si le conozco, cuando he nacido casi al mismo tiempo que él! ¡Que si le conozco, cuando he dormido en la misma cuna, he mirado el mismo cielo y he aspirado el perfume de las mismas flores! ¿No os he hablado muchas veces de un hermano a cuyo lado crecí, y a quien amaba en extremo? Pues bien, ¡aquí le tenéis!

»Contrajéronse algún tanto las espesas cejas del rey, al oír hablar a Leonor con tanta vehemencia, y mi frente se inundó de un helado sudor, al escuchar aquellos acentos. Don Alonso, celoso como lo son todos los seres que abrigan una gran pasión, hasta de las plácidas expansiones de la amistad, vio en el afecto que su amada me manifestaba la primera nube que empañaba el cielo azul y sereno de su recíproco amor: en cuanto a mí, la vista de aquella mujer tan tierna y constantemente amada, y los dulces recuerdos de lo pasado, que ella evocaba con acento conmovido, me hicieron casi sucumbir al exceso de mi emoción.

»Ella, empero, puso fin a una situación tan embarazosa tomando de la mano al rey y conduciéndole a un camarín que ocupaba el extremo de una estancia; abrió las cortinas y luego descubrió los preciosos tapices que ocultaban una lindísima cuna de estructura gótica, labrada de marfil y plata, y en cuyo centro descansaba un niño de pocos meses.

»Era don Enrique, conde de Trastamara, y hoy Enrique II rey de Castilla.

Un temblor convulsivo recorrió el cuerpo del infante al oír pronunciar el nombre de su hermano: la palidez que cubría sus hermosas facciones se hizo más intensa, y cerró los ojos como para sujetar dentro de su abrasada frente el delirante pensamiento.

Don Álvaro, a cuyos penetrantes ojos no pudo ocultarse la sorda tempestad que bramaba en el alma de aquel desventurado, continuó tras una breve pausa:

—Dos horas después de haber entrado, salimos de aquella casa que encerraba lo que más amaba yo en el mundo, y desde aquella fatal noche, ni una sola dejé de acompañar a vuestro padre a ver a Leonor, ni un solo día pasó sin que sintiese crecer en mi pecho la ardiente hoguera de mi funesto amor; supe, sin embargo, encerrarlo en lo más recóndito de mi corazón, porque quería al rey con toda mi alma y no me era posible causarle el más pequeño dolor, y porque anhelaba conservar el único bien que me hacía soportar la vida: el amargo placer de ver a Leonor todos los días, aunque fuese en los brazos de otro; de este modo me hice yo mártir de mi propio corazón, y ninguno de los que sacrificaron los inicuos emperadores de la antigua Roma sufrió tormentos comparables a los míos.

»Don Alonso, empero, leía en el fondo de mi alma; vuestro padre, señor, era un gran rey, y un hombre de corazón magnánimo y generoso: para todos recto y justiciero, su única falta fue el amor que me arrebató la felicidad de mi vida; para todos sensible, solo con mis dolores fue inexorable, no obstante que comprendía su amargura.

»Y por otra parte, ¿qué hubiera conseguido usando de generosidad conmigo, y abandonándome la mujer que tanto amaba él, y a la que yo adoraba con tanta locura? Leonor, ciegamente apasionada del rey, le idolatraba con la vehemencia del primer amor. Casada sin conocer a su esposo, ningún afecto le unía a él, y cuando enviudó, quedó en poder de un anciano tío suyo, que, al saber la pasión del rey por su sobrina, la persuadió para que correspondiese a ella. ¡Ay, solo podía, pues, resignarme a ver a Leonor en brazos del rey, para no verla morir de dolor en los míos!

»Algunos años pasaron así: hubo una época en que el rey, compadecido de la triste suerte de su esposa, le propuso que viviría a su lado, si consentía en que viviesen también vuestros hermanos bajo los muros del alcázar real; más doña María contestó siempre que renunciaba a la dicha de vivir con su esposo, si había de comprarla con el dolor de ver a los bastardos.