—¡Oh, qué injusta dureza! —exclamó don Sancho.
—La medida del sufrimiento de la reina se llenó por fin —continuó don Álvaro—. Ocho días después de daros a luz, tuvo que huir Leonor de su casa, disfrazada de hombre y acompañada del rey, para no caer en manos de los espías de doña María que constantemente la asediaban. Antes de marchar, vuestro padre os puso en mis brazos, me rogó que ocultase a todos, y aun a vos mismo, vuestro nacimiento, y me ordenó que me reuniese a él en un lugarcillo cerca de Gibraltar, a cuya villa, ocupada por los moros, iba a poner sitio; después marchó apresuradamente con Leonor, débil aún y quebrantada.
»Entonces, señor, os conduje a Sevilla, mi patria, y os confié a los cuidados de una hija de mi nodriza, casada con uno de mis escuderos hacía pocos meses, la cual me ofreció cuidaros con la mayor ternura; le dije que erais hijo mío, y fruto de unos infelices amores, y la buena Dulcelina me creyó con la inocencia propia de su carácter, jurándome que ocuparíais en su corazón el lugar del hijo que acababa de perder, y el del esposo que yo me llevaba a la guerra.
»Marché a Gibraltar tranquilo con respecto a vuestra suerte, y volví a ocupar mi sitio al lado del rey, como capitán de su guardia. Don Alonso puso cerco a Gibraltar, y se preparó bien para no abandonar la empresa hasta ganar la villa, a pesar de la terrible epidemia que se introdujo en sus reales. ¡Ay, qué mucho que su corazón no desmayase, si tenía consigo a la mujer que amaba y a sus hijos!
»Leonor no quiso separarse del rey durante las terribles pruebas a que se veía expuesto, y vivía con los bastardos en una tienda de campaña construida con toda comodidad, inmediata a la del rey: yo fui el encargado por S. A. de guardar aquellas prendas tan caras a su corazón; yo, a la cabeza de una numerosa guardia de castellanos, recibí la orden de no perder de vista un solo instante ni a la madre ni a los hijos.
»¡Cuántas veces me sorprendió la aurora arrodillado a los pies del lecho de vuestra madre! ¡Cuántas la despertaron de su apacible sueño el rumor de mis sollozos, o las exclamaciones que dejaba escapar en mi delirio! Entonces poníame en pie precipitadamente, tomaba la espada que había dejado caer, y volvía a ocupar mi sitio detrás de las cortinas de su lecho. Incorporábase ella, miraba a todas partes, y concluía por llamarme.
»—¿Qué me mandáis, señora? —decía yo acercándome después de haber tragado mi amargo llanto.
»—¡Señora!, ¿por qué me llamas así, Álvaro?
»—Perdonadme, Leonor... ¿qué queréis?
»—¿No has oído ruido?