»—Todo yace tranquilo.

»—Me ha despertado yo no sé qué extraño rumor.

»—Eso es que habéis soñado.

»—Tal vez... pero dime, ¿qué tienes? ¡Estás pálido!

»—Lo harán las luces...

»—¿Y el rey y mis hijos?

»—Duermen... procurad dormir también.

»Leonor corría las cortinas, y mi corazón, más henchido que antes de su fogosa y desesperada pasión, se refugiaba en lo más hondo de mi pecho, destrozado por un amor que lo aniquilaba hacía veinte años.

—¡Pobre mártir! —exclamó don Sancho, tendiendo al conde su mano. ¡Dios te premiará en el cielo!

El anciano miró al infante con profunda gratitud, y prosiguió así su lastimera historia: