—Diez meses sostuvo don Alonso el sitio de Gibraltar. Durante este tiempo, comenzaron a correr voces de que había en el campo espías de la reina y de don Pedro, cuyo único objeto era apoderarse de los bastardos y de su madre; estas nuevas afligieron en extremo el espíritu del rey, tanto más cuanto que Leonor estaba en vísperas de darle otro hijo, y no se atrevía a alejarla de su lado en semejante estado. Dobló la guardia de los infantes vuestros hermanos, y determinó no separarse un instante de vuestra madre hasta recibir en sus brazos al hijo que iba a nacer, y que pensaba entregarme para que lo pusiese en salvo como a vos.

»Llegó la hora del parto, y terminado que fue, el rey corrió los tapices de la tienda, tomó de mis manos la espada desnuda, con que hacía mi guardia, y me puso en los brazos a la infanta que acababa de nacer.

»—Sálvala, conde —me dijo—; sálvala como a su hermano: tal vez, de entre todos mis hijos, serán los únicos que conserven la vida los dos que confío a tu cuidado.

»Al acabar de pronunciar estas palabras, mandó S. A. acercar a uno de sus escuderos que tenía de la brida un alazán ensillado; me echó él mismo su manto sobre los hombros, y yo, después de requerir mi daga y de envainar mi espada, salté sobre él sin tener más tiempo que de besar la mano del rey, y partí llevando entre mis brazos a la infanta recién nacida.

»Bien pronto el ardiente galope de mi caballo me puso fuera del campamento: a la luz de la aurora, divisé un blanco pueblecillo, y me dirigí a él para buscar, no reposo, sino una nodriza que me acompañase; dejé el caballo en la posada, oculté a la infanta entre los pliegues del manto, y salí a dar la vuelta al lugar; al fin de él vi a una mujer joven que mecía a un niño como de un año, sentada al lado de otra anciana.

»—¿Queréis ganaros trescientos doblones cada año, buena mujer? —le dije.

»—¡Ah, señor caballero!, ¿qué decís? —exclamó atónita.

»—Que si queréis amamantar a esta niña, os daré esa suma.

»—Tengo un hijo, señor, y no puedo.

»—Pero no tienes pan que darle, Aldonza —dijo tristemente la anciana—, ni el pobre tiene padre que se lo busque: solo cuenta con el cariño de su abuela, que lo cuidará mucho si tú quieres ganar honradamente para todos.