»—¡Si vos lo cuidáis, madre!...
»—Sí, hija mía, no me separaré un instante de él.
»Un vagido de la pobre niña que yo tenía en los brazos acabó de decidir a la joven, que la tomó en los suyos.
»—Hacedme la merced, buena mujer —dije a la anciana—, de buscar una mula para vuestra hija; tiene que acompañarme a la ciudad de León.
»Obedeció aquella, y media hora después caminábamos a buen paso, llevando Aldonza entre sus brazos a la infanta.
»Al llegar a aquella ciudad, encomendé a la niña y la nodriza a los cuidados de mi anciana madre, la cual habitaba allí: encargué que hiciese bautizar a la infanta inmediatamente con el mayor secreto; dejé pagada por un año a Aldonza, y volví apresuradamente al campamento.
»Era el día 26 de marzo de 1350, y las once de la noche, cuando entré en él: la luna, que brillaba con todo su esplendor, iluminaba las relucientes armaduras de los soldados, e iba a quebrarse en sus yelmos de acero; muchas hogueras encendidas patentizaban que todo el ejército castellano estaba en vela, y lo confirmaba así yo no sé qué extraño rumor que se advertía en el campo.
»Con la seña Alonso y Castilla llegué hasta las tiendas reales, y penetré en la que habitaba vuestro padre... mas, ¡oh, gran Dios!, ¡cuán terrible cuadro se ofreció a mi vista!
»Tendido en su magnífico lecho de campaña estaba Alonso onceno, ya casi exánime: la terrible epidemia, que había diezmado al ejército castellano, era la que conducía al sepulcro al vencedor en la batalla del Salado. Arrodillados junto al lecho, se veían los infantes don Enrique, conde de Trastamara, y don Fadrique, gran maestre de Santiago, casi niños ambos, que derramaban amargo llanto: rodeábanles muchos prelados y ricos-hombres de Castilla y de León, contándose entre estos últimos el infante don Fernando de Aragón, sobrino del monarca; don Juan Nuñez de Lara y don Juan Alonso de Alburquerque.
»Nada más suntuoso e imponente que el lecho mortuorio de Alonso onceno. Componíalo una tarima de campamento, cuya cabecera era de ricas maderas oscuras hábilmente combinadas, terminando en dos agujas angulares del más limado gusto gótico; en medio, y formando contraste con los ya referidos adornos, se destacaba, dibujando mil caprichosos pliegues, el célebre pendón de Santiago que dio a don Alonso la victoria en la batalla del Salado. El primer cuidado del expirante monarca, al caer en el lecho de la agonía, fue colocar sobre su cabeza aquella bandera, gloria y orgullo de Castilla; cerca del lecho, y al alcance de su brazo, se encontraban, en forma de trofeo, las armas que vistiera en el sitio de Gibraltar, ciudad que deseó arrancar del poder sarraceno, tanto por aumentar sus dominios y disminuir el de los moros, como porque su padre Fernando IV la conquistó años atrás valerosamente, aunque a costa de un soldado que valía por ciento y cuyo nombre era Guzmán el Bueno.[4]