[4] Bolangero.
»Detrás de los suntuosos tapices que formaban pabellón, y junto al lecho del rey, estaba Leonor de Guzmán, con el rostro oculto entre las manos y el pecho desgarrado por los sollozos, que procuraba en vano contener. Hermosa como nunca, parecía aún más embellecida por su intenso dolor.
»Ella fue la primera que se apercibió de mi llegada: apartó del rostro sus manos bañadas en llanto, y me las tendió como si solo de mí esperase algún consuelo.
»—Señor —dijo aproximándose conmigo al lecho del rey—, señor, ya está de vuelta el conde de Carrión.
»Abrió los ojos don Alonso, y me alargó una mano que yo besé de rodillas.
»—¿Y la infanta? —preguntó con voz sofocada.
»—Con mi madre, señor.
»—¿Me traes nuevas de don Sancho?
»—El infante está bueno y sigue al cuidado de Dulcelina.
»—¡Gracias, Álvaro! —murmuró don Alonso estrechando débilmente mis manos.