»Después guardó silencio; pero su ansiosa mirada me hizo conocer que deseaba hablarme algo más y que sufría por no poder hacerlo delante de tantos testigos.
»Entonces me volví al conde de Trastamara, que lloraba siempre arrodillado.
»—Haced despejar, señor —le dije—: el rey quiere hablarnos sin testigos.
»Levantó el niño su doliente rostro, e hizo a los cortesanos una señal llena de gracia y majestad. Instantáneamente se ensanchó el círculo de los nobles, que retrocedieron hasta llegar a los tapices que cerraban la tienda.
»—Leonor —dijo el rey tomando una de las manos de vuestra madre—, Leonor mía, tú sabes lo mucho que te he amado, y Dios es testigo de que muero amándote con la misma intensidad; sí, en este instante supremo en que estoy próximo a comparecer ante su divina presencia, no siento en mi corazón remordimiento alguno al hacerte esta confesión. Dios te formó para que te amase y, amándote, he cumplido su santa voluntad.
»Detúvose el rey, y sus cadavéricas facciones retrataron un profundo dolor.
»—No llores así, hijo mío —dijo aproximando a su pecho la negra y rizada cabeza del maestre de Santiago, que sollozaba cubriéndose el rostro con el manto—; no te desconsueles, Juana, añadió tendiendo los brazos a su hija la marquesa de Villena, niña rubia y angelical; y tú, Enrique, mi hermoso y adorado Enrique, consuélate por Dios. Os dejo una buena madre, y un amigo fiel, y desde el cielo velaré por vosotros: mi solo dolor, al morir, es el no poder dejaros a cada uno un dilatado reino... pero la corona que heredé de mi padre pertenece a mi heredero legítimo, el infante don Pedro...
»Un movimiento del conde de Trastamara cortó al rey su discurso: al oír las últimas palabras de su padre, la frente del infante se cubrió de palidez y brotaron relámpagos de sus rasgados ojos.
»—Mi corona es de mi hijo el infante don Pedro —repitió el rey que advirtió aquel movimiento, con voz lúgubre, pero con acento severo—: no lo olvidéis, hijos míos, para que merezcáis su amistad y protección... no lo olvides, Leonor, para que procures captarte su benevolencia... sois vasallos suyos... amadle y... respetadle como a vuestro rey...
»Calló don Alonso debilitado por la energía con que había hablado, y su cabeza cayó lívida y exánime sobre los ricos almohadones de brocado. Mas, incorporándose por un último y poderoso esfuerzo, y apoyándose en mis brazos, pudo bendecir a Leonor y a sus hijos y recomendármelos con una expresiva mirada.