»Luego alzó la cabeza, radiante de sublime majestad, brilló en sus ojos un rayo de luz, y dejó oír de nuevo su voz:

»—¡Ricos-hombres!... —gritó con acento sepulcral—; ¡prelados de mis reinos!... ¡Yo os... mando... que llevéis mi cetro y mi corona... al infante mi hijo!... ¡¡Larga vida... al rey don Pedro...!!

»En este último y supremo grito lanzó Alonso onceno su postrer suspiro.

»Al escucharle, cayó Leonor desmayada sobre el cadáver del rey; la marquesa de Villena y el maestre de Santiago rompieron en llanto amargo, y el conde de Trastamara puso mano a la espada, mirando con ojos secos y furiosos a los nobles que rodeaban el lecho de su padre; mas aquel iracundo movimiento fue dominado pronto por un intenso dolor: el infante lanzó un gemido penetrante y cayó con la cara contra el suelo; el golpe le abrió la frente, y anchas gotas de sangre salpicaron el blanco manto de maestre de su hermano.

»Era la primera sangre de la infinita que la temprana muerte del gran Alonso onceno hizo verter.

»Entre tanto, un heraldo abrió las cortinas de la tienda real.

»—¡El rey Alonso onceno ha muerto! —gritó—. ¡Castellanos! ¡Leoneses! ¡Larga vida al rey don Pedro!

V

Dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos de don Sancho al escuchar los tristes pormenores de la muerte de don Alonso.

—¡Ay! —exclamó—. ¡Mi padre no tuvo un solo pensamiento para sus dos últimos hijos! ¡Nada para ella, ni para mí!... Todo para Enrique entonces, y ahora... ¡todo también!...