El conde de Carrión besó la mano del infante, profundamente afectado por tan justo dolor, y continuó después:
»—El día 28 de marzo formó en batalla todo el ejército castellano para despedir al cadáver de su real caudillo. Iban al lado del féretro los infantes, rodeados de todos los nobles del reino: yo marchaba al lado de vuestra madre, que cabalgaba en un potro cordobés e iba enteramente vestida de luto.
»Caminamos hasta cerrar la noche, y entonces, a una señal del conde de Trastamara, se detuvo la comitiva: algunos ricos-hombres se aproximaron a los infantes, quienes, después de abrazar a su madre, partieron a Algeciras, con un corto número de parciales. Leonor temía las iras del rey don Pedro para sus hijos, y los enviaba a aquella ciudad, que sabía les era adicta; yo seguí con la comitiva hasta Sevilla, en cuyo alcázar moraban la esposa y el hijo del rey difunto.
»Las exequias de don Alonso se celebraron con regia pompa en la catedral, siendo depositados sus restos en la capilla llamada de los Reyes. Doña María de Portugal concedió habitación a vuestra madre en su alcázar, y la marquesa de Villena fue a reunirse con su esposo, de cuyo lado bien pronto debía ser arrebatada.
»En cuanto a vos y a Berenguela, solo vuestra madre y yo sabíamos dónde estabais, y en vano la reina os buscó por todas partes; vos, señor, seguíais guardado por Dulcelina, y vuestra hermana permanecía bajo la custodia de mi buena madre, que la hizo bautizar con su mismo nombre, y la amaba con el mayor extremo.
»La noche misma del día en que concluyeron las fiestas con que se celebró la coronación de don Pedro, fue presa vuestra madre y conducida por los ballesteros de maza del rey a la cárcel pública. En vano pedí audiencia al joven rey, para implorar por ella: se me negó, y la grave enfermedad que le sobrecogió a pocos días imposibilitó toda tentativa de salvación, porque la reina hizo trasladar a la infeliz cautiva a las prisiones del alcázar para tenerla más segura.
»Una carta, que recibí entonces de León, me avisaba que mi anciana madre se encontraba en la agonía y que quería verme; os confieso, señor, que todo lo olvidé con tan triste nueva: sin pensar en Leonor, ni en vos mismo, salí aquella noche, reventando caballos, a recoger la bendición materna.
»Mas, ¡ay, que llegué muy tarde! ¡Ya no pude abrazar más que su cadáver helado!
Guardó algunos instantes de silencio el conde, para reponerse de tantas emociones, y luego continuó:
»—Con la muerte de mi madre quedaba desamparada la tierna Berenguela: no atreviéndome a llevarla conmigo, y no sabiendo qué partido tomar en tan apuradas circunstancias, me determiné a confiarla a los cuidados de una mujer que tenía fama en la ciudad de muy religiosa, y cuyo nombre era Urraca: fijo ya en mi proyecto, esperé con ansia la noche; escribí dos pergaminos iguales, puse en un bolsillo trescientos doblones, y atando uno de los pergaminos al cuello de la niña, con un cordoncito de seda, esperé el momento favorable.