»La señora Urraca vivía enfrente de la casa de mi madre; al toque de ánimas, la vi salir y encaminarse a la iglesia; entonces tomé en mis brazos a la infanta, que dormía apaciblemente, y me dirigí a casa de la anciana: coloquela con cuidado en el portal, sin que despertase de su dulce sueño, y puse a su lado el bolsillo que contenía el dinero, retirándome luego a la esquina de un callejón inmediato.
»Poco tardó en volver la señora Urraca: la noche había cerrado, y al entrar tropezó ligeramente con el cuerpo de Berenguela, que despertó y se echó a llorar; la anciana llamó a una vecina y le pidió una luz; bajaron ambas, y comenzaron a hacer exclamaciones, al ver a aquella hermosa criatura abandonada.
»Perplejas estaban, pues que ninguna de ellas sabía leer el pergamino que la infanta llevaba al cuello, y que le habían quitado, cuando acertó a pasar por allí un caballero: entonces Urraca le llamó y le rogó que descifrase el pergamino.
»No pude entender lo que hablaron: solo vi que la anciana tomó en sus brazos a la niña, haciéndole mil caricias, y se subió con ella, sin dejarse olvidado el bolsillo.
»Presa del más agudo dolor, por dejar a la infanta en manos desconocidas, pero al mismo tiempo dando gracias a Dios por haberme deparado un medio de ponerla a salvo del rencor de la reina, volví a Sevilla y di cuenta a vuestra madre de la suerte de su hija.
»Escuchome ansiosa, mas no bien acabé cuando exclamó llorando amargamente:
»—¡El asilo de don Sancho ha sido descubierto, y la reina va hoy mismo a apoderarse de él!... ¡Corre, Álvaro, corre, sálvale de una muerte segura!
»Volé a casa de Dulcelina, que nada sabía: os tomé en mis brazos, y os llevé al mesón donde me hospedaba, diciendo que erais mi hijo, y siguiendo hasta hoy en esta ficción es como he podido salvar vuestra vida.
»Tres días después, partió don Pedro I para Burgos, acompañado de toda la corte para ser jurado rey por las cortes de Castilla; y antes de regresar a Sevilla se supo que el infante don Enrique había salido de Algeciras con dirección a Asturias donde iba a alzar pendones. Doña María, que había quedado en Sevilla, mandó conducir a vuestra madre a Talavera de la Reina, llamada así por ser ciudad cuyo señorío le había regalado Alonso XI en el primer año de su casamiento, y dio orden de que se la encerrara en la cárcel.
»¡Oh! ¡Con cuán intenso dolor la vi salir de Sevilla! No me permitió que la siguiera, temblando por vuestra vida, y me hizo jurar que me quedaría para guardaros... ¡Oh, señor, ya no debía yo volverla a ver!...