»Diez meses sufrí, lejos de ella, todos los tormentos de la desesperación: mi cariño, en vez de amenguarse con el tiempo, había llegado a formar una parte de mi existencia, y lejos de Leonor faltaba el aire a mi pecho y la luz a mis ojos.
»No pudiendo vivir más sin verla, tomé una resolución desesperada.
»El esposo de Dulcelina había sido nombrado, por mi influjo con el rey difunto, alcaide del castillo de Carmona, y estaban confiados a su custodia vuestros hermanos don Juan y don Fernando, víctimas ya de las iras de la reina viuda: llamé al alcaide y le pregunté si podría guardarme a mi hijo Fernando, mientras iba a hacer un viaje; prometió que velaría por mi hijo como por los suyos y la buena Dulcelina se os llevó loca de alegría.
»Yo la seguí con su marido: elegí para vos una de las prisiones más seguras, pero cómoda y espaciosa; dejé mucho dinero para vuestro decoro y mantenimiento, y después de ver a vuestros infelices hermanos, condenados ya a muerte, os abracé con lágrimas; y partí seguro acerca de vuestra suerte.
»Llegué a Talavera en una hermosa mañana del mes de febrero de 1351, y me dirigí apresuradamente a la cárcel; pero la encontré rodeada de la guardia de la reina, la cual no me permitió pasar: desesperado y muerto de fatiga, me dejé caer en un asiento de piedra que había en la puerta del fúnebre edificio, donde permanecí inmóvil y absorto en tristísimas reflexiones.
»De repente, un fuerte rumor me hizo abrir los ojos: levanteme y me dirigí de nuevo a la puerta de la cárcel, pudiendo penetrar en ella entre el tropel que ya no se cuidaban los soldados de contener; la multitud invadió en breve la escalera, pero se apartó para dejar paso a un hombre que bajaba escoltado por los guardias de la reina y que blandía en la mano un puñal ensangrentado hasta el pomo. Era Alonso Fernández de Olmedo, uno de los escuderos de doña María.
»Con la muerte en el alma acabé de subir la escalera, y corriendo como un loco llegué hasta un calabozo a cuya puerta se detenían las olas del gentío; yo entré desatentado, y la luz faltó a mis ojos ante el cuadro de desolación que se me presentaba.
»Leonor de Guzmán, tendida en el suelo, tenía el pecho traspasado con cinco puñaladas: su cuerpo, cubierto por un vestido de terciopelo negro, nadaba en un lago de sangre que manaba de sus anchas heridas, y que empapaba sus largos cabellos castaños, cuyos espesos bucles llegaban a sus pies.
»Arrodillado sobre la misma sangre de su madre, estaba el conde de Trastamara con los ojos fijos y dilatados, los labios cárdenos y erizado el cabello; tenía entre sus manos crispadas una diadema de perlas, manchada con sangre, lo que probaba que acababa de ser quitada de la cabeza de su infeliz madre; en todos los ángulos de la estancia había centinelas de los tercios de don Enrique, en cuyas vestas se veían los blasones del infante.
»—¿Quién se atreve a llegar hasta el cadáver de mi madre?... —gritó iracundo, levantándose al oír mis pasos, y blandiendo furioso su daga—. ¡Álvaro!... —exclamó reconociéndome y arrojándose sollozando entre mis brazos—. ¡Álvaro... eres tú!... ¡Bendito seas, pues que tu vista ha hecho brotar mi llanto!