Don Sancho soltó un largo gemido, y el conde de Carrión dio también rienda suelta a sus lágrimas al recordar la cruel y sangrienta venganza de doña María de Portugal.

Luego que el infante hubo desahogado un tanto su dolor, hizo seña al narrador para que continuase, el cual lo hizo del modo siguiente:

»—¡Mira —me dijo don Enrique—, mira, Álvaro, lo que ha encontrado el hijo que ha venido desde Asturias a salvar a su madre!... ¡Al mismo tiempo que el infame Olmedo salía por esa puerta, después de hundir el puñal de la reina en ese noble pecho, entraba yo por la otra para sacarla de la prisión!...

»—¿Quién ha recogido su último suspiro? —le pregunté.

»—¡Yo! —me contestó el infante, con una indescriptible expresión de orgullo y hasta diré de alegría—; ¡sus ojos han perdido la luz mirándome, y su mano se ha helado entre las mías, después de entregarme esta joya húmeda con su sangre!

»Al decir estas palabras besó don Enrique la corona de perlas que tenía en la mano, y la guardó en su limosnera.

—¡Ah, maldición sobre ti, Enrique! —gritó levantándose con rabia el infeliz don Sancho—: ¡para ti fueron las últimas caricias de mi padre; para ti también las últimas de mi madre y el amor de entrambos mientras vivieron; para ti el cariño de Berenguela, su vida y su razón, porque ambas cosas pierde por ti!... ¡maldito seas!

—Calmaos, por Dios, señor —dijo el conde—; os lo suplico, pues toca ya a su término esta amarga historia.

Después, aprovechándose del abatimiento en que el infante había vuelto a quedar, continuó:

»—Conseguí, por fin, arrancar al conde de aquel funesto lugar: arrastrábalo ya hacia la puerta por donde había entrado, y sus ballesteros nos seguían, cuando vino mi escudero bañado en sudor y cubierto el semblante de palidez.