»—¡Huid, señor! —exclamó dirigiéndose a don Enrique—: ¡huid, que vienen a prenderos las tropas del rey! Ya han degollado a los infantes en el castillo de Carmona, y quieren que la venganza se cumpla a un tiempo en todas partes.
»Yo arrastré al infante por la puerta por donde había salido el asesino sin encontrar resistencia; montamos a caballo y seguidos de su guardia, salimos a escape de Talavera.
»Aquella misma noche, don Enrique se dirigió a Aragón y yo partí precipitadamente a Carmona, temblando por vuestra vida: os encontré bueno, y cada vez más hermoso; los infantes don Juan y don Fernando, el uno de edad de dieciocho años y el otro de catorce, habían sido bárbaramente degollados en su prisión, sin que vos supierais siquiera que cerca de vos habían existido.
»Ya teníais entonces diez años, y me pedisteis muchas veces que os llevase conmigo; pero pude engañaros, y marché a Aragón ansioso de pelear en los tercios de vuestro hermano don Enrique, para vengar la muerte de vuestra desventurada madre.
»Siete años permanecí a su lado, errante como él, y dividiendo su azarosa suerte: al cabo de este tiempo y pensando con razón que ya podríais soportar los peligros de la guerra, le pedí su venia para presentarle a mi hijo, y obtenida, partí para Carmona llevándoos después conmigo.
»Vos sabéis, señor, el entrañable amor que el infante os profesó desde luego: mil veces, al ver la afección que os unía, estuve a punto de declararle el misterio de vuestro nacimiento; pero un secreto impulso me contenía, sin que yo mismo supiera darme cuenta de su causa. ¡Erais tan dichoso a mi lado! Os amaba tanto yo, que tenía celos de que otro tuviera derechos sobre vos.
»Por aquel tiempo, supe por las gentes que tenían encargo en León de velar sobre la anciana Urraca, que esta había abandonado la ciudad, por las continuas vejaciones que sus habitantes tenían que sufrir de las tropas de ambos bandos, y que había fijado su residencia en Burgos, población muy pacífica entonces. Berenguela tenía trece años y seguía en compañía de la anciana.
—¿No te dolía la suerte de esa desdichada niña? —preguntó don Sancho con acento severo.
—Yo daba cada año una gruesa suma para que de nada careciese. Urraca pasaba por una buena y cristiana mujer: solo hoy he podido comprender la dureza de su corazón y la horrible suerte de la pobre niña.
—Cuando yo la vi en su casa, el día que Enrique entró a curar su herida, parecía muy feliz —observó don Sancho.