Don Enrique, con el corazón anegado de ternura, rodeó con sus brazos el cuerpo de don Sancho, y al mismo tiempo exclamó con voz vibrante de emoción:
—¡Hermano mío!
El infante le miró con asombrados ojos, y pasó la mano por su frente para convencerse de que no soñaba.
—¡Perdón, perdón, Sancho! ¡Oh, perdóname! —continuó don Enrique apoyando en su pecho la cabeza de su hermano.
—¿Y Berenguela? —preguntó tímidamente el infante.
—¡Ah! ¡No sé! Yo la dejé desmayada y vine a verte a ti.
—¡Pobre hermana mía! —murmuró don Sancho con temblorosa voz.
—¡Tu hermana! —repitió don Enrique cuyos ojos lanzaron relámpagos sombríos—. Pues entonces, ¡tú no eres hermano mío!... ¡entonces la señal que yo he visto miente!... ¡Oh, sí, sí... miente... miente!... ¡Porque si ella fuese mi hermana, no hubiera puesto Dios en mi corazón el germen de este fatal amor!...
—¡Es vuestra hermana como yo!
—¡Ven, pues! —exclamó el rey—. ¡Ven, Sancho, o Fernando, o como quiera que te nombres! ¡Quiero que me acompañes a cerciorarme de esta horrible verdad!...