Don Enrique, con el semblante desencajado, llamó al escudero del infante, y le ordenó que le vistiese en cuanto don Mendo acabase de vendar sus heridas; dio orden de preparar una litera, y después de que don Sancho estuvo vestido, le envolvió él mismo en su ancho manto blanco y mandó a dos soldados que lo condujesen a la litera, encaminándose todos a casa del conde.

Su aparición produjo muy diferente sensación en las tres personas que ocupaban la cámara de la infanta: la reina miró a don Enrique con terror, y a don Sancho con asombro. Don Álvaro permaneció sereno e inmóvil, y en cuanto a Berenguela, se precipitó hacia su amante con indecible afán; mas antes que pudiera salvar la distancia que les separaba, cayó exánime a los pies del infante.

—¡Qué veo! —exclamó el rey—. ¡A qué han venido aquí la reina y ese traidor!

—He venido a salvar el honor de esa desdichada —contestó el anciano con firmeza.

En cuanto a la reina, se había arrodillado junto a la infanta, y no se cuidó de contestar a su esposo.

—¡Berenguela! ¡Berenguela! —gritó el rey acercándose a la joven que yacía inmóvil en el suelo, sin hacer caso de las palabras que pronunciara el conde.

—No turbéis los últimos momentos que restan de vida a esa desgraciada —dijo el conde con acento severo.

—¿Qué?... ¡Oh!... ¿Qué has pronunciado? ¿Acaso... habrás sido tú su verdugo?...

—No he sido más que el salvador de su honra.

—¡Tú! ¡Mientes... miserable! —gritó el rey con ronca voz y cogiendo por un brazo al conde; y luego continuó con acento lastimero y suplicante: