—Pero ¡oh, no... no! ¡Eso no puede ser!... ¡Álvaro... dime que me engañas!...
—Un veneno activo, que yo vertí en esa copa, cuyo contenido acaba de beber, circula ahora por sus venas.
—¡Ah!... ¡qué horror!... —exclamaron la reina y don Sancho, que cayó también de rodillas junto a la pobre niña.
El rey lanzó un sordo gemido; levantó a Berenguela entre sus brazos, y fue a sentarse con ella en el sitial en que estaba apoyado don Álvaro.
—¡Llevad a este hombre al cadalso, y que caiga su cabeza inmediatamente! —dijo con lenta y oprimida voz.
La escolta, que había acompañado a los regios hermanos, rodeó al anciano conde, que fue a situarse enfrente del rey.
—Óyeme, Enrique —dijo con su grave y reposada voz—: yo amé a tu madre, como solo se ama una vez en la vida, y, sin embargo, fui el mejor amigo de tu padre, torturando sin piedad mi corazón; a ti y a todos tus hermanos os recibí en mis brazos y oculté el nacimiento de los dos últimos, porque el rey tu padre me lo mandó así; he sido el genio bienhechor de tu familia, y un segundo padre para vosotros... y, sin embargo, ¡he tenido el valor suficiente para matar a esa pobre niña sin sentir el más leve remordimiento!
»Pero lo que más debe asombrarte, rey de Castilla —continuó el anciano—, es saber que tú mismo has puesto en mis manos el medio de darle la muerte. ¡Sí, el joyel que cerraba las sartas de perlas de esa diadema, que tú le diste, contenía el veneno que le quita la vida!
El rey apoyó su frente en la frente helada de la infanta, ceñida aún con la fatal diadema, y dejo escapar un sollozo desgarrador. Don Álvaro continuó tranquilamente:
—Nadie más que yo sabía en el mundo este terrible secreto, porque solo yo estaba presente cuando Alonso XI lo dio a tu madre: «Si alguna vez —le dijo— te ves próxima a perecer bajo el puñal de un asesino, bebe el veneno que contiene esta joya: tu muerte así será más dulce e instantánea.» ¡Oh, al dar esa diadema a tu hermana, debiste saber que ponías en mis manos la defensa de su honor!